Escaleras

Cuento de Pablo Scurzi

Dibujos originales de Robert Stagg

Los imaginarios tienen su origen en la raíz cuadrada de al menos uno. Sin embargo son seres maravillosos, soñadores, compañeros, ni positivos ni negativos, artífices de sus destinos, libres.

Tienen fascinación por las escaleras. ¿Cuántos escalones tienen? ¿A dónde conducen? ¿Suben o bajan?

Cuando se topan con una no se pueden resistir y se reúnen a admirarla desde abajo. Altas, bajas, largas, cortas, de un tramo, de ida y vuelta, fijas, transportables, móviles, imperiales, chaperas, en caracol…, se asombran frente a todas pero, hay una en particular que les suele llamar la atención. No es muy alta. No tiene barandilla. Cada escalón tiene poco menos que el doble de la altura de un imaginario, que mide como una “i” con punto y todo. Digamos que, una “I” mayúscula.

Tienen fascinación por las escaleras. ¿Cuántos escalones tienen? ¿A dónde conducen? ¿Suben o bajan?

En la contrahuella, la altura del peldaño, hay unas antiguas y sobrias letras talladas a mano. Los imaginarios no saben si tienen algún significado, suponen que sí y algunos se quedan horas, días, meses tratando de encontrarles un sentido.

Alfa, Beta, Gama puede leerse desde la base sobre el primer peralte, -¡quizás un preanuncio de lo que vendrá!- piensan los imaginarios. Delta, Epsilon, Zeta, cuentan algunos que llegaron al segundo escalón. Eta, Theta, Iota… van ascendiendo.

Les toma años llegar a la cima. Chi, Psi, Omega y luego… nada. Nada. Donde debiera continuar el próximo peldaño solo una línea blanca y la llanura infinita de Imaginaria anunciando haber llegado a ningún lugar.

Muchos se decepcionan en la cima vacía, otros incluso se aburren y bajan rápido. Entre los que llegan, algunos cruzan la línea distraídos y se pierden en ese valle de nuevas aventuras dispares. Sin mucho para hacer, unos pocos se sientan en el último escalón y miran con ternura a los que están tratando de subir. A veces se recuestan boca abajo sosteniendo su cara con las manos mientras apoyan los codos firmes en la última pedada y conversan con los que vienen ascendiendo sobre el significado de los arcaicos símbolos escritos.

…pero, hay una en particular que les suele llamar la atención.

Pasan horas mirando para abajo, meses, algunos años, pero no renuncian y pierden la noción del tiempo hasta que, de pronto, su perspectiva cambia y por un segundo, como una epifanía fugaz, son ellos los que parecen estar abajo mirando hacia arriba.

La primera vez que esto les sucede se asustan y preguntan -¿Nos habremos caído?-. Pero no, la línea blanca sigue allí y el valle infinito a sus espaldas. Nada ha cambiado, ¿O si?.

 -Fue raro- se les escucha decir –pero a la vez embriagador, sorprendente, como una bocanada de aire fresco, como aquella sensación que daba encontrarle lógica a cada trilogía lírica peldaño tras peldaño, como ese último segundo de lucidez antes de caer en un profundo y reparador sueño.- expresan sorprendidos.

Sin dejar de mirar hacia abajo, se reacomodan, buscan nuevos ángulos, nuevas perspectivas para forzar aquella manifestación sensorial, y no pasa mucho tiempo hasta que descubren nuevas lecturas, interpretaciones, significados novedosos en las letras ya leídas. Una revelación tan simple como hermosa.

Asombrados en sus nuevos descubrimientos la escalera deja de tener un arriba y un abajo, deja de tener pendiente, huella, descansos. Como en un dibujo de Escher, el famoso holandés dibujante de imposibles, ya no importa el sentido en que se lean las letras, ni su orden, ni sus nombres.

En el momento preciso que esto ocurre, el imaginario despierta a un nuevo universo, uno inmerso en el anterior, pero que le permite disponer de infinitas combinaciones de sus símbolos finitos de tiempo.

Y ahora, al mirar detrás de la línea blanca, ya no hay línea; a su alrededor, junto a él, en un segundo plano brillando sutilmente con el valle de fondo, otros tantos imaginarios le dan la bienvenida al hallazgo más preciado, aquel descubierto dentro de ellos mismos: “no hay mayor tesoro que la comprensión que da el esfuerzo por comprender.”

A estos sujetos, capaces de ayudar mientras continúan esforzándose por descubrir nuevas interpretaciones, en Imaginaria, se los llama SENSEI.

Créditos
Pablo Scurzi vive en la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Este cuento lo escribió durante un Gasshuku en Ushuaia, Tierra del Fuego, hace más de 20 años.
Robert Stagg vive en Anchorage, Alaska, USA. Karateka y excelente artista plástico, que preparó estos dibujos exclusivos para vestir de imaginación este cuento.

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